La regla crítica | Escrutinio sin escroto

Yo juraría que la infraestructura pública de saneamiento urbano contiene un entramado de cañerías secretas y un sistema de alcantarillado específico para la evacuación de las hemerotecas. No me hace falta cambiar las juntas entre los sanitarios, no hay que reforzar las soldaduras, no tengo que recurrir a masillas ni siliconas. No veo agujeros, ni fisuras ni grietas. No hay más poros que los de mi piel eliminando la transpiración de un fontanero cansado por hacer contorsionismo en un cuarto de baño tan mínimo. A lo mejor vivimos encima de Estaciones Subterráneas de Promesas Residuales y Fecales (ESDEPRYF) donde se purgan para depurar las palabras, para evacuarlas debidamente disfrazadas y para bombearlas por obscenas subientes escondidas entre las dignas bajantes de aguas pluviales en los edificios. Compruebo el buen funcionamiento de los sifones y limpio el exterior de las tuberías con el esmero facturado a Mis Cojones, S.A. sita en la Avenida Testaruda, 6 Bajos, Empalma de Mallorca. Y sigue oliendo mal y pido permiso para poder fumar un cigarrillo entre la serenidad profesional y la desesperación personal. Y me ofrecen la terraza y me decido por un vaso de coca y cola entre la lista de posibilidades que me brindan. Y aplasto la colilla y pienso que la censura amparada por la ley o por el uso de la fuerza se mueve entre los grados diez y once de la Escala de Richter, generando anchas grietas en la libertad de los individuos y dejando fuera de servicio los conductos profundos, pero calculo que la estrategia de crear un ánimo colectivo de repulsa hacia determinadas actitudes para que la sociedad sea la que termine por censurarlas oscila entre los grados cuatro y cinco, vibrando las vajillas y perturbando los árboles sin implicarse directamente el Estado, y es cuando elimino la mayor cantidad de agua posible acumulada en los desagües para aplicar mi desatascador diluido con sudor, y dejo pasar los minutos indicados por la experiencia, y tiro abundante agua, y la caliento para mezclarla con bicarbonato y vinagre, y vuelvo a esperar, y me pagan, y me voy sabiendo que en el cómputo y la cómputa de los votos y de las votas se pelan las peras y las manzanas para evitar los dactilogramas latentes. No hay compota ni computamadre que valga para serenar mi cena entre el olor de los azúcares hervidos y el dolor de las palabras servidas en platos totalitarios.

Texto & imagen de Carlos Penas