La regla crítica | La axiología de las axilas

Se obscenizan las calles con el alumbrado navideño de millones de bombillas y se blanquean los colores púrpura de aquellos billetes escondidos, se prostituyen las revalorizaciones de las pensiones y se pornografían los empastes dorados de quienes abren la boca para hablar de justicia social al tiempo que te la meten por el sumidero que habita entre tus nalgas, a modo de urna sin desagüe. Se pervierten las pistas de hielo, se depravan los renos sin frenos y me ducho con la mampara cerrada, para evitar desconciertos cuando recoja la esponja caída, para frotarme con la crema del gel hasta matarla y que nazca la espuma, para mimetizarme con ella y para eludir que me detecten los depredadores. Se desadoquinan las aceras con las manifestaciones sadomasoquistas que solo excitan el sufrimiento físico y psíquico de los mercados de valores, se mancillan los manillares de las bicicletas y se encerdan los labios de quienes abren sus putas bocas para prometer antes de meter sin que haya nada de lo prometido después de haberla metido, a modo de ningún modo admitido. Y junto los pies, y recojo mis manos en las axilas opuestas, y agacho la cabeza, y le doy la espalda al agua que ametralla mi nuca, y cierro los ojos, y me concentro en los azulejos blancos, y me arropo desnudo y me repito a mí mismo que el valor de los valores sin valor es nulo. No siento nada y eso hace que lo sienta todo, sin temer al frío ni al ahogamiento, sin reparar en el destino de las partículas sucias, sin arrodillarme sobre la alfombra de ventosas, sin suplicar la eutanasia de un calentador que no sé cuántos litros tiene de capacidad, sin estremecerme, sin protegerme los testículos de quienes disfrutan tocándote los cojones y sin alargar la vida innecesaria de un champú anticaspa. Se obscenizan las calles, se blanquean los colores púrpura, se prostituyen las revalorizaciones, se pornografían los empastes dorados, se pervierten las pistas de hielo, se depravan los renos, se desadoquinan las aceras, se mancillan los manillares, se encerdan los labios y me escurro el pelo para eliminar excesos, y me enturbo la cabeza para no frotarla, y me seco la piel dándome golpecitos, y lo hago desde arriba hacia abajo para acabar entreteniéndome con los dedos de los pies, y me aplico crema para retener la humedad absorvida y me retiro a mis aposentos, a la luz de las velas.

Texto & Fotografía: Carlos Penas