¿Sirve para algo la ética?

Quienes se dedican a su docencia no donan más órganos ni votan más ni llaman a sus madres más regularmente.

Mi madre me enseñó que la recompensa de una buena acción es la propia acción. “Las cosas”, me decía, “hay que hacerlas bien porque hay que hacerlas bien, no porque alguien te vaya a dar un premio”. Era una concepción extraña a mi lógica infantil. La encontraba poco estimulante y me sorprendió tropezarme de nuevo con ella en quinto de bachillerato, cuando dimos a Kant. “Así que es de aquí de donde ha sacado mi madre la idea”, pensé inicialmente, pero no tardé en darme cuenta de que ella nunca estudió filosofía. Se crio en el Madrid de la posguerra y dejó de ir a clase muy pronto. ¿Cómo se había abierto paso hasta ella el imperativo categórico?

En ¿Está bien pegar a un nazi?, Jaime Rubio Hancock se plantea si el estudio de la moral nos hace mejores personas y menciona una investigación de Eric Schwizgeb y Joshua Rost que evalúa la conducta de quienes se dedican a su docencia. ¿Cumplen más con la obligación cívica de votar? ¿Donan sangre y órganos? Durante las conferencias, ¿hablan con el vecino y comen y dejan su sitio perdido de copas de cartón, migajas y papeles? ¿Devuelven los libros que toman prestados de la biblioteca? ¿Llaman a sus padres regularmente? La conclusión no es alentadora. En promedio, “se comportan de forma muy similar a otros profesores”. Esto no es lo que cabría esperar. Un maestro de alemán, observa Hancock, habla mejor alemán que sus colegas de otras disciplinas. ¿No sirve de nada el estudio de la ética?

El imperativo categórico queda imponente cuando lo ves desfilar por la pasarela, pero no parece muy funcional para el día a día. ¿Para qué iba uno a hacer el bien por el bien? Es la misma cuestión que Epicteto suscita en sus Disertaciones a propósito del senador Prisco, que se empeñaba en cuestionar la legitimidad de Vespasiano después de que el emperador lo amenazara con la pena capital. Prisco no se calló y Vespasiano lo ejecutó. “¿De qué le sirvió a Prisco ser así?”, se pregunta Epicteto.

Es un dilema que, con tintes menos trágicos, se nos presenta a menudo y que en general resolvemos algo menos gallardamente. El jefe echa una bronca arbitraria a un compañero y hundimos la cabeza en el teclado del ordenador. Atracan a una viejecita en el metro y apretamos el paso. Abuchean a un político no nacionalista en el País Vasco o en Cataluña y lo consideramos natural. ¿Cómo íbamos a entender a Prisco? Menudo pringado.

Y sin embargo la historia está llena de figuras que plantan cara a la injusticia con un arrojo rayano en la temeridad: Gandhi, Martin Luther King, Rosa Parks, Malala Yousafzai. ¿De qué les sirvió ser así? De nada, pero su integridad cambió la historia. “Imagine cómo mejoraría el mundo si todos mostráramos cada día un poco más de valor”, escribe Massimo Pigluicci. Su referente es Sócrates. La serenidad con que bebió la cicuta, asumiendo la primacía absoluta de la virtud, incluso sobre la vida, contribuyó a desacreditar la moral de los héroes homéricos, para quienes cualquier instrumento (la mentira, la traición, el crimen) era legítimo a la hora de satisfacer su voraz apetito de placeres sensuales.

Vivimos en sociedades menos violentas y arbitrarias gracias a profesores de ética como Sócrates. Y si no apreciamos mucha diferencia en su comportamiento, como señalan Schwizgebel y Rost, no es porque se hayan rebajado al nivel del resto de los mortales, sino porque nosotros nos hemos ido elevando a su altura. El buen ejemplo cunde, como sucedió con Kant. Su noción de que el bien es un fin en sí mismo y no un medio está tan engranada en nuestra cultura que mi madre la asimiló sin necesidad de pasar por ningún aula.

Texto: Miguel Ors Villarejo ( el justo miedo ) // Imagen inicial: Hanna Jaeun Art