La regla crítica | Cauterizados

Si los guepardos fuesen diestros en el manejo de las armas serían francotiradores y se ahorrarían el desgaste que supone alcanzar los ciento quince kilómetros por hora, se abstendrían de empuñar fusiles de asalto para disparar en modo automático a todo lo que se menease, no matarían sin reparos a quienes intentasen robarles sus impalas perforados y nunca fusilarían a cualquier hiena por rencor o avaricia, como nosotros. Ni de coña. Y abro las ventanas para limpiar los cristales desde fuera. Si los chipirones tuviesen un conocimiento químico mínimo se consagrarían a revisar los compuestos de sus tintas sin recurrir jamás a los aerosoles con formas de granada y no joderían el ecosistema marino para aturdir a los peces con nitrato de amonio y queroseno, como nosotros. Ni de coña. Los hago brillar con una muñequilla hecha de periódico retrasado y aspiro una calada interminable, sin coñas. Si los halcones fueran ingenieros aeronáuticos se dejarían los cojones en perfeccionar la perfecta flexibilidad de sus alas sin aspirar al almacenaje bombardero de sus vientres y no arrasarían los cielos regurgitando genocidio y napalm, como nosotros. Ni de coña. Las cierro para limpiar los cristales desde el interior de mis preocupaciones. Si las tarántulas fueran concejalas de urbanismo estudiarían la conveniencia o no de construir telas de araña aquí y allá, no se pasarían por el culo la Ley de Protección de Costas y de ningún modo edificarían alturas en medio de las montañas, como nosotros. Ni de coña. Los repaso a conciencia con el vaho en forma de humo. Si las pitones fueran doctoras en medicina aplicarían todas las técnicas de asfixia posibles sin contraerse en la constricción, no enviciarían el aire que respiran y no actuarían como estranguladoras en serie, como nosotros. Ni de coña. Y me siento en mi sofá chaise longue para vislumbrar el exterior a través de la lucidez, para pensar en la posibilidad de extraerme el corazón, para sumergirlo en nitrógeno líquido e impedir el dolor que producen las hemorragias, para cauterizarme en cautiverio y para salvar el sangrado de este matadero que habitamos como los pollos habitan las granjas a la espera de nuestras fatales técnicas de caza, a discreción y sin ella, a la vista previsibles y racionales sin razones, para cebarse con el cebo de los engaños, para su engorde rentable y para morir sin dignidad alguna. Sin coñas.

Texto & Imagen: Carlos Penas