La regla crítica | Arroz meloso con bogavante

Se la pelamos a unos doce langostinos para fortalecer la crew y evitar a toda costa ser el last monkey. Sus colitas las seccionamos por la mitad con el silbido afilado de un cuchillo de combate y las reservamos a tu vera, siempre a la verita tuya, hasta que de amor se mueran. Las cabezas cortadas y las cáscaras translúcidas las colocamos en una olla, como una polla de fuerza desmedida, de espuma blanca y rumor de caracola. Con dos dedos de agua por encima del nivel de sus cerebros, las cocemos durante quince minutos eternos hasta que rompamos aguas, las batimos sin piedad y las pasamos por un colador chino de los chinos, para hacer un fumet. En el fogón vecino, tendemos una colcha de aceite en una cazuela de barro y sofreímos una cebolla, como una polla de fuego y de caricias, entera y troceada. Y entonces le añadimos una ñora picada como si hubieramos picado por última vez en la vida, y la sumamos para que no se mueran solas, más cinco hebras de azafrán, más una cucharadita y media de pimentón dulce. Agregamos también dos pastillas de éxtasis de pescado y un sobre especial de polvo para paellas, y lo meneamos todo bien meneado, y tendremos mucho cuidado de que no se queme porque joderíamos el arroz, y pondremos a Rod Stewart en el altavoz bluetooth para amenizar la velada con un da ya think I’m sexy, y cuando los ojos empiecen a hacer chirivitas y tiriten las estrellas, vaciaremos un chorrito de vino blanco hasta que se haya evaporado el alcohol traicionero, y lo apartamos para que germinen nuestros deseos full time. Por otro lado, guillotinamos longitudinalmente la cabeza del bogavante y nos troceamos el cuerpo en aros, abrimos nuestras patas y lo empotramos en un fondo de aceite lubricante, le damos dos vueltas de kama sutra, vomitamos un trago de cognac y lo flambeamos con un deadline de quince segundos para que gima como solo se gime en otoño. Una vez sofocado el incendio provocado, evitaremos aquellos sobrecalentamientos que exciten el cambio climático y echaremos dos tazas de arroz sin taza, el doble de agua y los cuerpos de los cadáveres, lo dejamos todo en slow fire, le hacemos una foto apple para publicarla en las redes de pesca furtiva y la instagramos con el título de work in progress sin perder la esperanza de que la palabra gilipollas never dies.

Texto & Fotografía: Carlos Penas