El cuento de las gallinas violadas

El derecho a la vida es una convención que respetamos por motivos prácticos. Con la inmensa mayoría de las personas funciona, pero intenta tú explicárselo a un lobo.

“En la industria del huevo hay mucha tortura y asesinato”, denuncian las militantes de Almas Veganas. El vídeo en el que cuentan por qué han segregado a los gallos en su corral se ha vuelto viral. “El acto de la monta es muy violento y las gallinas huyen […] y son heridas a veces de gravedad y no es, por tanto, un acto consentido”.

No dicen ninguna mentira, pero la tortura, el asesinato y la violación no son unos inventos de la industria del huevo. Cualquiera que haya visto un documental de La 2 sabe que el sexo entre los vertebrados no suele ser muy satisfactorio para las hembras. En nuestra propia especie el orgasmo femenino es una conquista relativamente reciente, un producto más de esa civilización que tan apestosa encuentran las Almas Veganas.

Seamos claros: la naturaleza es espeluznante. En un ensayo de El escarabajo sagrado, el biólogo Stephen Jay Gould describe cómo la avispa convierte a la oruga en “una fábrica de comida para sus crías”. Le inyecta una toxina paralizante y deposita en su interior los huevos. Cuando estos eclosionan, la víctima “se retuerce indefensa mientras la larva perfora su interior dando inicio al macabro festín”. Dado que un insecto muerto y en descomposición de nada le serviría, el gusano “se alimenta de acuerdo con un orden que no puede menos que recordarnos […] la antigua pena que merecían en Inglaterra los culpables de traición, a quienes se evisceraba y descuartizaba […] mientras se les mantenía vivos y conscientes”.

El hombre ha logrado trascender esta realidad que no conoce más ley que la de la fuerza bruta. Ha alumbrado nociones como la belleza, la justicia o el sexo consentido, pero son eso: nociones. Nada de ello existe fuera de nuestra limitada esfera. Entiendo que haya gente que, animada por los mejores sentimientos, pretenda ahora invitar al resto de la creación, pero la civilización no es un espacio físico, como el arca de Noé, sino conceptual y únicamente lo pueden compartir los seres capaces de concebir los conceptos en que se fundamenta. El derecho a la vida no crece en el campo, como las amapolas. Es una convención que hemos decidido respetar por motivos prácticos. Su eficacia depende de que la otra parte entienda los motivos y los respete. Con la inmensa mayoría de las personas funciona, pero intenta tú explicárselo a un tigre o un lobo.

Como escribe la filósofa Adela Cortina, “solo se puede pactar con aquellos que pueden entender qué significa una norma y discernir si la encuentran o no aceptable”. Eso no significa que podamos hacer lo que nos dé la gana con el resto de la creación o que los gañidos de un perro pateado no sean más dignos de lástima que el sonido de una gaita cuando oprimimos su fuelle. “Los humanos, los animales y la naturaleza merecen consideración moral, aunque de distinto rango”.

¿Y cuál es ese rango? No, desde luego, el que proponen las Almas Veganas. La traslación de nuestros códigos éticos al reino animal, aunque bienintencionada, afronta dificultades insuperables. Segregar un gallinero por género es una cosa, pero ¿cómo se las van arreglar para convencer al león de que deje en paz a la gacela? Y no olvidemos que las plantas tienen “capacidades que pueden verse empoderadas o debilitadas”, como apunta Cortina. Si pensamos que cualquier ser vivo debe alcanzar la plenitud de acuerdo con las características de su especie, tendremos que perseguir la tortura y el asesinato no ya en la industria del huevo, sino en la de las frutas y verduras.

Obra de Marcelo Viquez

Por Miguel Ors Villarejo (el justo miedo)

Imagen de Marcelo Viquez Art