La regla crítica: Polèmicofacéticos

Las tostadas saltaron de la tostadora a la hora programada por defecto y se elevaron unos quince centímetros sobre el nivel del mar, y cayeron en caída libre y alunizaron en la ranura de la luna sin sacrificarlas por sobrecalentamiento como a Laika, y Aorta Rodríguez López las untó con mantequilla y mermelada de naranjas amargadas, y comulgó con los lamentos crujientes del pan en cada caricia del cuchillo y se relamió los labios para evitar posibles pérdidas de sangre con cada uno de sus mordiscos, y desenchufó la televisión para evitar cualquier encendido caprichoso y no tener que aguantar otra forma de vivir ni el alma de los amantes de las cervezas, y para no ser testigo de las violaciones sonoras que se perpetran en los anuncios de móviles y automóviles, y para soslayar reseñas a la última película de Almodóvar que pasó por ella con pena y sin dolor ni gloria, y Aorta Rodríguez López recogió las migas del recogemigas y lo limpió con sus braguitas de algodón, y cerró sesiones en las redes para impedir el recordatorio de algún concierto insípido de Malikian, y para esconderse de la figura sobrevalorada de Frida, y para no caer en la sabiduría de los que se creen que lo saben todo y no saben nada, y para hacer correcciones a lo políticamente correcto, y para no enturbiarse con la viscosidad pastelera de Punset, y Aorta Rodríguez López sorbió café con un alto nivel de oxigenación para repartirlo entre sus órganos gracias a una elevada presión sanguínea, y se humedeció sin válvulas entre los aromas tostados de su tostadora, y silenció malamente la radio para que no irrumpiese Rosalía de manera accidental, y para no tener que cagarse en la lista interminable de productos que favorecen el tránsito intestinal, y para escuchar lo que su coño decidiese sin entregarse al orden aleatorio de las compresas sin alas, y para concederse a su tacita de porcelana y meter el cable en el recogecables, y para distraerse con poliedros contando todas sus caras y adivinando sus nombres, y Aorta Rodríguez López apagó las luces y cerró la puerta sin olvidarse de las llaves, y desconectó el ascensor para bajar nueve pisos y joder a los vecinos, y se relamió por última vez en el entresuelo para que no la viesen con miguitas en las comisuras de sus cuatro labios, y se alejó por debajo de las aceras envuelta en su vestido rojo de doble acento.

Texto y Fotografía: Carlos Penas