La regla crítica | Excepticismo

Concibo el orgullo como un precioso paradigma de autoestima personal hacia algo propio, con una vida paralela a la naturalidad y perpendicular a la soberbia que pretende desagraviar nuestra vanidad, a un solo paso de limpiarnos el culo con servilletas que agradecerían nuestra visita a la toilette, sin ser negacionistas. Creo que es preciso que enloquezca unos diez días aproximadamente, para satisfacer mi esperanza de no reconocer ni un solo cuerpo, sitiarme de sartenes extrañas y fregar platos incógnitos. Me suda la polla la búsqueda incesante de las veracidades objetivas gracias a un proceso natural que me ayuda a eliminar toxinas, amoníacos demoníacos y sodios llenos de odios. No pienso en las evidencias, ni en la lista de Schindler ni me llamo Earl porque adoro los detestos al verme reflejado en vasos de cristal secados al aire, porque percibo que los coleccionistas de amigos en las redes sociales han sustituido a los segadores de huesos, porque el corporativismo es inherente al ser humano y nos importa una puta mierda los perjuicios que podamos causar a los demás, porque nos sentimos dioses si recogemos una bolsa de plástico en la playa después de haber plantado cinco o seis latas de cerveza sobre los adoquines de las calles, porque los pantalones vaqueros ya vienen de fábrica con los huevos y las almejas marcadas como los cartas de póker, porque nos deshacemos ajusticiando frases de cómo hay que ser mejor personas para pensar a quién podemos putear mientras nos duchamos, porque asesinamos la belleza de las palabras por el uso que hacemos de ellas, porque sólo el alma distancia la rana de la almorrana, porque sólo el perímetro separa al patético del peripatético, porque los ombligos se transforman en cicatrices sofistas que se olvidan de cuándo hemos roto los cordones umbilicales, porque ponemos las servilletas debajo de los bocadillos para limpiarnos los morros con nuestra mierda y sobrantes de lechuga envasada al vacío, porque odiamos a los corruptos de nariz roja por no tener la posibilidad de serlo en mayor medida, porque si las ladillas fueran afrodisíacas las criaríamos en cautividad, porque si los prepucios también lo fueran los extirparíamos de manera furtiva para comercializarlos sin pudor alguno. Somos psicópatas en serie que acabaremos jodiéndolo todo a base del clic de las armas y nosotros no estamos preparados para absorver la verdad de lo que realmente está pasando, excepto mi madre y yo.

Texto & fotografía: Carlos Penas