La gelidez del capitalismo

El capitalismo, en su competitividad o en su cooperación calculada,
se opone al amor que es cooperación espontánea. La mentalidad capitalista entiende de competencia, no de cooperación. En la competencia tu felicidad y la felicidad del contrincante se oponen, son rivales: uno gana lo que el otro pierde y pierde lo que el otro gana, porque lo que es tuyo inevitablemente no es del otro y lo que es del otro inevitablemente no es tuyo. La exclusión es la norma. La posición a tomar es la defensa, porque el otro es el que establece nuestro límite y lo reduce: es un potencial enemigo. El robo es el mayor delito y cualquier individuo es potencialmente ladrón.
Pero el juego del amor es muy diferente: uno gana lo que el amado gana y pierde lo que el amado pierde, alegrías y tristezas son compartidas y se viven en una sola carne, o un solo espíritu cohabita en muchos cuerpos. Si tú eres feliz, yo soy feliz; si tú estás triste, yo estoy triste. Así es el amor y la inclusión es su naturaleza. La posición a tomar es la apertura del corazón, del pecho y las manos, porque el otro es parte entrañable de nosotros y extiende nuestros poderes hasta más allá de nuestros límites individuales: es un amigo. La generosidad es la mayor virtud y cualquier criatura goza de la caridad que no fija precios, premedita ni escatima.
Pero me replican que el capitalismo sí es cooperación. Sí, la cooperación que ejemplifican con sus actos es calculada, premeditada y mediata en beneficio propio. Uno sabe para qué, por qué, cómo, cuánto y no cesa de tenerse presente como “yo”. Usufructúa con las cooperaciones. Da porque espera recibir a cambio: la expectativa de recibir y el dar en función del recibir son hitos. Si tú haces esto, entonces yo hago esto: todo está mediado por condiciones. Todo es condicional. El amor no puede crecer sobre un terreno interesado.
El juego del amor difiere: la cooperación es espontánea, inmediata, en coordinación con el resto y en beneficio común. Funciona como un cuerpo unido y sano: todos cuidan de todos y dependen de todos instantáneamente, como los miembros del cuerpo actúan coordinados entre sí. Uno no sabe para qué, por qué, cómo ni cuánto ganará, pero goza en la unión y comprende con el corazón, cesa de tenerse presente como un “yo” radicalmente separado y por lo mismo su vida se intensifica y enriquece. No usufructúa con las cooperaciones, sino que cualquier posible usufructúo no es más que un pretexto para poder cooperar y permanecer unidos. Da sin esperar recibir a cambio otra cosa que lo que da: porque sí da felicidad, experimenta felicidad, recibe en el otro la felicidad que él le da, porque él y el otro están unidos en su sentir. El recibir es implícito al dar y no una recompensa ulterior externa al mismo. No hay condiciones, solo la libertad dada por el amor y la gratuidad, lo que es de forma inmerecida, porque desde el momento en que se habla de mérito, lo merecido se desmerece en razón del interés. El amor es desinteresado. Y no es injusto en sus dádivas, sino muy justo, pero quienes no participan de él no comprenden su naturaleza. En el amor nada está mediado. Como es incondicional, forja un terreno para la completa seguridad y confianza, para cerrar los ojos y dormir en paz sin prever nada.

Imagen incial de Beth Conklin Art