La Regla crítica | Los serenos

Las esquelas son esqueléticas y raquíticas aunque se saturen de muchas palabras y se impriman a doble página. Yo leí la de mi padre con el solitario propósito de certificar que no se habían intercalado haches, ni abolido los palitos de las eñes, ni convertido los plurales en singulares ni sustituido las penas por los penes. Cerré el periódico justo cuando me habían servido el café y pensé en su nombre con carácter minimalista, en medio de una inmensidad blanca, sin crucifijos ni símbolos de ningún tipo, sin las SS ni los Santos Sacramentos, sin deps ni rips pero en medio de cualquier riff a todas las rpm posibles, sin ruegos ni oraciones, sin itinerarios previstos ni búsquedas de google para una presunta despedida, sin rectángulos ni bordes que lo encerrasen y en un estado de emergencia que me habilitaba para afrontar con estoicismo una situación de crisis. Y caminé hacia el tanatorio por el recorrido más largo y retorcido que pude buscando kioskos extintos y extinguidos, para comprar la prensa en cada uno de ellos, para llenarme de él y llevarle conmigo debajo del brazo. Intercambié pésames sin coronas y abrazos de consuelo sin cintas, con los minuteros más decididos que nunca y la burocracia con sus sobres sin urnas, con cafés y cigarrillos, con la afluencia justa y necesaria, con el cuerpo presente y la caja cerrada, sin segundos y con el tiempo respetando sólo las horas estipuladas alrededor de una tarifa de precios, sin pianos ni trompetas. La impotencia la disimulé entre la comitiva fúnebre y evité como pude el santiamén en el que se introduce un féretro en el nicho, para evitar el sonido de arrastre y la deshumanización del arte. Yo maldecía el olor de la nuca de un sacerdote que confundía los purgatorios con los pulgatorios hasta que empezó a caer un orballo que me caló los huesos con dulzura y me hizo cerrar los ojos con serenidad, replicaron los gritos de unas gaviotas que habían abandonado el mar para silenciar los martillazos que arremetían contra la lápida y entonces vislumbré que mi padre estaba abriendo la parte de atrás con su llave de sereno, para irse a cualquier sitio que él hubiera decidido, para viajar en trenes azules y conocer los desiertos, las montañas nevadas, los campos de fresas, las nubes y los viñedos sin vino, sin decírselo a ni dios.


Texto & imagen: Carlos Penas