¿Por qué tenemos tanto miedo a emprender en España?

Estar equivocado no es un signo de inferioridad intelectual, sino una fase esencial del aprendizaje.

Un empresario catalán afincado en California explicaba en La Vanguardia que “a veces debes pegártela para […] hacerlo mejor”, y es verdad. En Estados Unidos el fracaso no es un estigma y en Israel casi se fomenta. Tuve ocasión de comprobarlo cuando entrevisté en 2017 a Itzik Goldwaser. Este hombre es vicepresidente de Yissum, la segunda oficina de transferencia tecnológica de Israel. Comercializa las innovaciones de la Universidad Hebrea de Jerusalén, de donde han salido tratamientos contra el cáncer y el alzhéimer, sistemas de visión para coches autónomos o los tomates cherry: todas las semillas que se plantan en el mundo hay que comprárselas a ellos. Yissum gestiona una cartera de más de 9.000 patentes, que facturan unos 2.000 millones de dólares al año.

Lo sorprendente de Goldwaser es su ejecutoria. Desde que en 1994 se licenció en medicina hasta que lo fichó Yissum, se dedicó a fundar compañías biotecnológicas, pero ni una prosperó. Por un motivo u otro (el 11S heló los mercados, se le murió un paciente en un ensayo clínico), siempre se había visto obligado a tirar la toalla, y no tenía el menor rubor en reconocerlo.

Este empecinamiento en el fracaso nos chirría a los españoles, pero si uno se para a pensarlo descubre aspectos positivos. Como escribe la periodista Kathryn Shulz, estar equivocado “no es un signo de inferioridad intelectual, sino una fase esencial del aprendizaje”. Hay un famoso experimento de un profesor de cerámica. Dividió a sus alumnos en dos mitades e informó a los miembros de la primera que los evaluaría en función de la cantidad. Debían traerle tantas piezas como pudieran. Al final del curso, las pesaría y quienes superasen los 20 kilos sacarían sobresaliente, quienes se quedaran entre 18 y 20 kilos notable, y así sucesivamente. A los del segundo grupo les pidió que le presentaran un único trabajo, el más perfecto que hubieran cocido.

El resultado fue revelador: las obras más hermosas salieron del primer equipo. Mientras sus integrantes se afanaban en sacar un montón de trabajo y aprendían con cada uno de sus errores, los del segundo se habían sentado a elucubrar sobre la excelencia y todo lo que tenían que ofrecer eran teorías grandiosas y una pila de arcilla inerte. Es un poco lo que comentaba Thomas Watson, el segundo presidente de IBM: “Si quieres aumentar la tasa de aciertos, tienes que equivocarte el doble de deprisa”.

¿Por qué a los españoles nos asusta fracasar? ¿Somos unos cobardes? Volvamos al empresario catalán. Decía que para hacerlo mejor debes pegártela. Piensen en los pilotos de motociclismo. Sus vidas están salpicadas de caídas. Algunos se levantan, pero otros no. ¿Por falta de valor? No. Por exceso de golpe. Si solo se te ha arañado el mono, coges la moto y vuelves a la pista. Pero si te has roto el fémur o has gripado el cilindro, ya puedes ser Agustina de Aragón que no te va a servir de nada.

Esa es la diferencia entre el emprendedor español y el israelí: la intensidad de la galleta. Aquí las aventuras se costean con préstamos garantizados y, cuando se hunden, te arrastran con todo tu patrimonio. El daño suele ser irreparable. No hay segunda oportunidad. Al revés. Igual te inhabilitan como administrador, te incluyen en una lista de morosos y no te dejan ya ni pagar a plazos un microondas.

En Israel tienen otras opciones. “Lo primero que haces cuando quieres montar un negocio”, me contaba Goldwaser, “es dirigirte a una oficina como Yissum, elegir una patente y firmar un contrato que te concede su explotación durante 12 ó 18 meses. Una vez que dispones de la tecnología, debes recaudar el dinero. Yo no tenía ni un euro, pero existen fondos de capital riesgo y programas públicos que sufragan proyectos en fase temprana. También puedes recurrir a incubadoras. La mayoría son privadas. Les expones tu idea y, si las convences, van al científico jefe del Ministerio de Economía, que aporta el 85% de los recursos iniciales. No pierdes nada por emprender”.

Este ecosistema financiero asigna el riesgo a los agentes que están en mejor disposición de soportarlo: fundamentalmente, especuladores y multinacionales que se pueden permitir el lujo de fallar nueve apuestas, porque saben que con la décima se repondrán con creces. Granjearse su confianza no es sencillo y aquí es donde entra en juego esa cultura de fomento del fracaso. Porque para estos inversores un historial como el de Goldwaser no es un baldón. Son cicatrices, méritos contraídos en acto de combate, la prueba de que has estado sometido a fuego real. Eres como esos sargentos veteranos que todo capitán quiere tener en su compañía, porque han aprendido de sus errores y no van a repetirlos.

El español no es más cobarde que el israelí. Emprende menos porque aquí las acrobacias las hacemos sin red. Cuando te la pegas, te la pegas de verdad y a ninguno le interesa pegársela por frivolidad.

Texto: Miguel Ors Villarejo (el justo miedo)