La regla crítica | Pezones

No entiendo las estructuras de la muerte que resucitan para formar parte de un todo que desaparece. Son como los restaurantes en los que casi te obligan a decidir lo que debes comer bajo las aristócratas sugerencias y recomendaciones fuera de carta y con precios SPM (su puta madre). ¿Quieres expirar a base de croquetas de jamón ibérico? ¿Prefieres irte con rabo de toro? ¿Con coño de vaca? ¿Te amortajamos con tiramisú? ¿Te arropamos con el sudario de un brownie y helado de vainilla? Con voz mercurial y de aspecto plateado consentimos los deseos del master chef con la única condición de que nos pusieran unas sencillas olives trencades para respetar la naturalidad, rotas, partidas, abiertas en canal y a modo de entrante. Dévora se desabrochó entonces la blusa con una habilidad que la delataba como madre primeriza y alimentó a su recién nacido con la teta izquierda, hinchada de lácteos, sin cubiertos ni platos profundos, ni servilletas negras ni planchas de pizarra Prêt-à-porter. Carlos se aprisionó al calostro de un pezón que devoraba y que le impedía pensar en sojas, ni en rúculas ni en lactosas, ni en avenas, ni en vegetales ni en mierdas de ningún tipo. A la hora precisa que marcaba el hartazgo de la lactancia gracias a la mamada natural por excelencia, inmigraron las provisiones requeridas y aceptadas para instalarse en un mantel que sufriría las babas y restos de unos comensales que se habían quedado dormidos la noche anterior con alguno de esos programas de cochinos Chicotienses y Schwarzeneggerianos. Carlos empezó entonces a lloriquear y hacía pucheros vacíos por la necesidad de conciliar el sueño, por reducir el estrés y el escuatro, por la búsqueda desesperada de un efecto analgésico y con el estímulo de una succión no nutritiva y tranquilizadora. Dévora buscó en su neceser de primeros auxilios el chupete indicado para tales menesteres y Lapidoth, su marido, se descubrió el pecho desenmascarando el pezón derecho con su areola debidamente depilada, para que su mujer pudiese comer tranquila sin que se le enfriasen las angulas rellenas y para evitar los escupidos molestos de la criatura por culpa de cualquier pelo atravesado, prescindiendo de siliconas, de plásticos y de un látex que acabarían por hincharse, absorver olores y lapidar definitivamente el medio ambiente, sin atragantamientos ni felaciones a las grandes superficies y al imperialismo proletario. No hay más siglas que NM, Ni Mu.

Imagen y texto: Carlos Penas