La regla crítica | Las tribulaciones y turbulencias de un futuro de mierda vecino y adyacente

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La inestabilidad causada por la confluencia de determinados fenómenos excitaba los sentimientos de amargura, ahora que estaban solos y envueltos de inteligencia artificial. La aspiradora robótica había detectado el estado emocional de Romeo y se activó en modo ordeñador electrónico al tiempo que su perro Robby olisqueaba las intimidades de Julieta, allí tumbada, somnolienta y olvidada. Los sensores de impacto acústico participaron de vibraciones glandestinas y el autómata sorteó las patas de salón, alfombras y mobiliario urbano. Se introdujo el pene adaptándose de manera mecánica a las fluctuaciones repentinas de su propio tamaño y se entregó a la frialdad de un circuito cerrado que creaba la sensación y acción de vacío. En el chaise longue vecino y separado por un condón sanitario, la piel de Julieta reaccionaba con espasmos estremecidos gracias a la proximidad de un hocico que detectaba el olor de las hormonas y la energía de los seres dormidos. El aire acondicionado percibía las temperaturas corporales y un lavarropas había alargado su programa al tiempo que descifraba los pictogramas de lavado. No tiritaban las velas con tiritas ni velaban los sudores. No temblaban las paredes ni rechinaban los muelles. Se monitorizaban los latidos y se imprimían los sentimientos con resinas fotosensibles curadas de luz ultravioleta y de espanto. La lengua de Robby había aumentado de volumen por un mayor fluido de la sangre y lamió a Julieta lo justo para hacerla trepidar mientras un pulsador abría y cerraba rítmicamente una vaina con forma de capullo que masajeaba a Romeo, sin rechazos ni límites, malqueriéndose. Las constantes vitales se archivaban en nubes encarpetadas entre las cortinas, lejos de las esquinas de las lámparas y a salvo de las amplificaciones de una fosforescencia estimulada con radiaciones e irradiaciones irracionales. Robby serpenteaba su lengua dentro del valle de los caídos y empujaba toda su curvatura para beberla sin desperdicio, mimando los recovecos y sintiendo lo que jamás podrían sentir Romeo, Julieta y un frigorífico. Las labores de succión múltiple parecían haberse temporizado en los intervalos de tiempo que marcaban los relojes de actualización instantánea, a las cinco de la tarde, como Federico, en punto y sin dar margen a cualquier pico, entre besos caninos y los circuitos programados de unos seres humanos que yacían adyacentes en un mundo de mierda y electrocutados por la humedad que proporcionan los deseos de volver a sentirse vivos mientras uno se corre.

Texto y fotografía: Carlos Penas