La regla crítica | Anádromos

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No es cuestión de echar huevos el hecho de que los mamones decidan suicidarse. Que se jodan, pensó Nemesio sin repensar ni ser consciente de que ya lo había siseado. Y si le palpitaron los labios fruncidos no fue por culpa de las sacudidas que provocan las salidas de aire al contacto con sus dientes incisivos y pávidos. Ni de coña. Ni le salió del coño. Ni por asomo ni por aproximación. Ni por tratarse de un milagro milagroso. Ni lo fue por obra y gracia de aquél espítitu que no debió de ser tan santo. Ni porque sí ni porque no. Ni por exceso de cafeína ni por deficiencia de potasio. Ni por culpa de Tourette ni de Parkinson. Si le replicaron sus repliegues carnosos fue por el estremecimiento que producen la inquietud y la impresión estúpida de buscar respuestas a cuestiones imputadas desde el día que migras por primera vez. Fue en ese momento impreciso cuando Nemesio encendió una lámpara de luz gradual y se cobijó en su luminiscencia mínima para no despertar a la madrugada, se anudó la bata sin ahorcar la cintura y se lanzó al mar para vivir en la inmensidad de su propia densidad, entre sales disueltas que escuecen las llagas heridas y amplifican los chillidos de las orcas. Flotaba entre capitanes sin pretensión de llegar a ningún País de los Sueños y nadaba sin esfuerzo relativo, entre tentáculos de algas y ventosas tóxicas, arañándose contra las rocas y cicatrizándose con las crestas de espuma. ¿Por qué el pensamiento desvía las buenas intenciones? ¿Por qué pretendemos que la corriente nos lleve a donde nos sale de los cojones? ¿Por qué siento el frío sin escalofríos y sigo viviendo? Nemesio agarró la taza con sus dedos azulados y empezó a sentir cómo se le ponían rígidos todos sus miembros, su pulso era cada vez más lento y se le tensaba la piel pálida y cianótica. Surcaba los mares faltos de respuestas y decidió aspirar café caliente como primera medida de auxilio. La reacción fue inmediata y empezó a mover sus pies a modo de motor que le desplazaba entre olas suaves y cómplices para emplazarle en las puertas de la migración, corriéndose hacia arriba, remontando con dulzura las aguas dulces de un río que le había visto nacer, desovando sin necesidad de echarle huevos y así poder morir en paz, como los salmones.

Texto y Fotografía: Carlos Penas

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