La regla crítica | Mediocrofobia

Si intentas complacer a todos no emocionas a nadie, aunque exprimas el prepucio de los ciervos almizcleros y llenes la bañera hasta el cuello, le confesé desde la severidad de una silla sentada en el epicentro de aquella alfombra persa. Siga. No se distorsionan mis pensamientos, no sudo, no tiemblo y tampoco tengo escalofríos. No tengo subidas de fiebre ni siento malestar general. Siga. No concibo las tibias sin peronés ni los cúbitos sin radios. No entiendo las hiedras sin piedras ni las cortezas sin cámbium. La superficialidad les permite coexistir a tientas sin el más mínimo interés por conocer qué hay fuera de ella. No se me aceleran los latidos cardíacos pero se me hinchan los cojones. Siga. Viven solapados entre lazos de cualquier color, orquestando sus mutismos con minutos catastróficos y regurgitando sus deseos con intervalos de twitt, entre hipos de hipopótamos varados en las orillas. Son polímeros gomosos con sabor de mierda amarga. Son tóxicos y cancerígenos. Siga. Y entonces pensé en la necesidad de beber agua para humedecer la comisura seca de los labios y para despertar los brazos adormecidos. Jamás sabré la duración exacta de mi intervalo silencioso pero calculo que fue de unos diez minutos que a mí me parecieron unos veinticinco. Siga. No sufro ataques de pánico pero sí tengo sensaciones de repulsa que me producen náuseas y me provocan el vómito en ocasiones. Cuando camino por las calles me deslizo entre las miradas inertes de los transeúntes y el olor mustio de los billetes sin iva. Se multiplican las mujeres, los hombres y los viceversas. Las motocicletas se pasan por el culo las línes continuas, las simples y las dobles. Son insustanciales, serviles, anodinos y aborregados. Son nimios alejados de la inteligencia de los simios. Siga. La verdad es que no sé si debería preocuparme en exceso. No se alteran mis hábitos de conducta, tengo apetito y concilio el sueño con relativa normalidad. No me duelen las ingles ni el el escroto. No tengo fiebre. Orino, eyaculo sin sufrimiento y no padezco extreñimiento. Sólo tengo los huevos inflamados con las venas a punto de estallar. No me atormento. Desde su posición victoriana el psiquiatra había conseguido abstraerse del entorno para prestar la máxima atención a mis palabras sin viento. La almohadilla relajaba su cabeza y el forro protector aislaba sus zapatos. Entonces se incorporó del diván y me despidió con un hasta mañana a la misma hora.

Texto y Fotografía: Carlos Penas