La regla crítica | Plátanos

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Cuando Aina me enseñó un cuerpo de mujer enfundado en la cáscara de un plátano comprendí que era la monda, al instante. Sentí escalofríos amarillos que me hicieron pensar en la moral oculta de los etés cortados con éter. La verdad es que no sabría calcular el valor nutricional por cada cien gramos y pensé si sería serio preguntárselo a Sito Miñanco, pero no lo hice porque estaba convencido de que me hablaría de carbohidratos, grasas y proteínas. Vacilé por unos minutos y sin dudar un segundo aceleré el malpaso para ir al encuentro de un distinguido conocido mío que se dedica a la política desde la época de los griegos, descartando mis amistades cubanas y francesas. Le estimulé con un café por aquello de ser diplomático y le dibujé una raya de azúcar por ser políticamente correcto, sin privarme lo más mínimo y por ser lo más escamoso que podría llegar a ser. Le pregunté sin reparos y con la quietud aprendida por ser conocedor preciso de que en la vida dilapida su victoria el que se altera aunque sea amo y señor de la razón pura, sin críticas kantianas. Me habló de las vitaminas de la A a la Zeta, de los cero coma treinta y pico miligramos de ketamina, de los ácidos fólicos y pantoténicos, de los dragones y de los cascos azules, del retinol, del rophypnol y del hierro que oxida los calzoncillos. Al despedirnos en la Cafetería Esperanza, que hace esquina en la Calle Dolores con la Calle Milagros, nos dimos la mano y nos regalamos un par de hasta prontos como un par de tontos. No sentía el frío que hacía pero sabía que existía gracias a las ropas de los transeúntes, el color de los escaparates y el estremecimiento de los semáforos. Yo caminaba con el destino marcado de mi casa para dejarme empapar por el agua de la ducha, para masticar la cena con lentitud y esperar la bajada de los párpados sin forzar el sueño. Calculo que sería a eso de las cuatro de la mañana cuando me desperté de esa manera que sólo se despierta uno cuando tiene necesidad de orinar y aproveché para comer un plátano, fumar un cigarrillo y beber un vaso de agua. Sé que me quedé dormido con esa sensación de paz y bienestar que te permite olvidar a qué hora volví a vivir. Texto y Fotografía: Carlos Penas 

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