Las putas patrañas de las arañas

Foto: Carlos Penas

A las seis de la mañana me desperté sobresaltado, resbaladizo y sudado. Fumé y me duché frotándome con la esponja de una manera que nunca lo había hecho para envolverme entre cúmulos de espuma. Me sequé con algodón cien por cien y decidí no hidratarme con cremas. Protegí mis huevos con unos calzoncillos, me impuse unos vaqueros a la fuerza y me introduje por la salida de una camiseta blanca. Hice ascos al desayuno e impregné las suelas de mis zapatos con aceite para caminar sin miedo a quedarme pegado en las aceras sin cera. La mierda biosintetizada y secretada por los seres humanos no es ningún secreto. Con ella trazan un primer puente que les sirve de referencia para idiotizarnos y empalarnos, creando un patrón y aprovechando el viento para monopolizarlo todo. A veces pienso que los granos de café están adulterados con algún derivado inverso de las metanfetaminas, para aumentar la desconfianza en nosotros mismos desde primeras horas de la mañana, para acrecentar la concentración entre radiales de seda y para disminuir nuestra voluntad de asumir riesgos y caminar haciendo círculos por las orbes de un destino prefabricado. ¿Contienen supergen los grumos del Cola Cao? ¿Por qué el Nesquik se sirve en polvo dentro de una cuchara? ¿Por qué son tan resistentes las telarañas? ¿Son las sábanas una trampa carnívora? ¿Es la tierra un molino de tracción animal? Yo era consciente de que mis pasos emitían vibraciones que alertaban al sistema y despertarían su voracidad. Sabía que estaban dispuestos a sacrificar cualquier hilo para mantener viva la estructura general y decidí lanzarme a la carrera para hacerla temblar, estabilizándome con mis propios deseos y centrando el eje de mi equilibrio en el centro de mis pensamientos. Me metí por callejones sin volver la vista atrás, sorteando agujeros negros y dejando de lado los juzgados, un par de kioskos, el Centro Penitenciario y varias farmacias señalizadas con sus esvásticas verdes. Subí, bajé, giré, volví a girar y volví a subir para volver a bajar antes de seguir recto, bajando la intensidad del galope al trote por culpa del cansancio, asustándome por empezar a transpirar y poderme quedar adherido en cualquier momento. Con la respiración agitada introduje la llave que me llevaría a mis aposentos, me lavé para secarme y mudé al paso la ropa de la cama. No existen las olas que me vuelquen porque sí, no existen.

Por Carlos Penas

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