La regla crítica | Túneles

No existe un procedimiento absoluto que sea el más eficiente, pero imputar a los turistas del delito de homicidio es como cagarse en los perros por evacuar sus vientres, sin piedad y en cualquier centímetro de la ciudad, sin misericordia y sin especificar rincón ni la madre que parió a los responsables. Detesto el menosprecio que lleva implícito la palabra guiri de la misma manera que no soporto los términos amo, mascota, ama y mascoto. Prefiero el combinado de mama y escroto, sin hielo y sin voz. Es evidente que el manejo inapropiado de unos prismáticos aleja la perpendicularidad del hilo finito que atraviesa mi infinito, engañándome y regurgitando sin almax, mientras el pez se sacude sin conquistar el desprendimiento del anzuelo. Vibran las escamas con enérgicos espasmos que buscan el sentido del ciclo de la vida y se tensan los sedales al compás de unos coleteos nativos e innatos, sin reproches. Creo que las neuronas motoras de los músculos, después de la muerte, todavía mantienen una polaridad provocada por las diferentes concentraciones de cojones de sodio, potasio y cloro. Creo que se mueven después de ser crucificados, sin importarles que hayan sido alquilados sus corazones vacacionales y siendo conscientes de que al malhechor de la izquierda y al bandido de la derecha les rompieron las piernas para evitar su huida si resucitaban. Creo que al melchor del medio le clavaron una lanza sin destino y en el costado equivocado para impedir que volviese a robar almas si también se reencarnaba. Creo que las experiencias cercanas a dios son fruto prohibido de las funciones estropeadas del cerebro y no quiero caminar en la oscuridad porque sé que en la última etapa habrá un puto billete en vez de una luz cálida, sin resplandescencias ni hostias. Me importa una puto carajo. Creo que prefiero sentarme en la boca del lobo sin preocuparme por el agua de Marte e interesándome por los niños que tienen sed. Creo que acabarán por deslizarse las pateras por los toboganes de algún Aqualand, combinando descensos rápidos y giros vertiginosos, sorteando espirales de velocidad y aliñándose con adrenalina cortada. Creo sin creer y creo en el tac del ombligo, creo en las seras humanas y en los personos, sin gilipolleces varias e intermediarias. Creo en los andares de las jirafas sin importarme la memoria histórica de un mundo futuro. Creo que deberíais alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será una mierda al final del túnel, con claros síntomas de acidez y quemazón de estómago.

Texto y Fotografía: Carlos Penas

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