Rai Escalé | La belleza en la monstruosidad

“La deleitación está relacionada con la calidad de vuestros invitados y el grado de intimidad que tengáis con ellos”. ¡Qué certeza la de Roland Topor quien, en “La cocina caníbal” ya nos aleccionaba sobre cómo hay que degustar ciertas exquisiteces! Los universos perturbadores es mejor degustarlos de cerca y desde la perspectiva interior de nuestros deseos más puros, de modo que lo que pueden parecer monstruos desde unos poco-tolerantes convencionalismos sociales, pueden ser hermosas criaturas que desafían los estrictos cánones griegos de la belleza. Mujeres hambrientas con dientes que devoran el sexo, sensuales y salvajes se insinúan en los cuadros de Rai Escalé. Él mismo dice: “Mi obsesión por diseccionar, pintando, la figura humana desde los ángulos más insospechados es la espina dorsal de mi trabajo, pero también he descubierto mi habilidad para vivir dentro del juego surrealista de siempre, buscar y encontrar imágenes y retazos escondidos dentro de otras imágenes, con las que acabo componiendo más retratos”, asegura en su declaración de intenciones este barcelonés nacido en 1964. Intencionado o no, la inspiración del que llama “papá”, Francis Bacon, forma parte del cóctel de instinto y destreza que guía ese estado febril de creación en los diferentes estados de las superposiciones infinitas que un collage permite. Antonio Saura y sus arquetipos ya manejaron ese mismo concepto, que fagocita lo que de piadosa tiene la norma para romperla a través de la tensión y los gestos, sirvió un banquete de obra inscritas en la línea de Diego Velázquez y Francisco de Goya, dos cíclopes que a través de su clarividente ojo asomaron a la vista de todos a aquellos que, por sus deformidades, en el caso del primero, o sus miedos, en el caso del segundo, formaban parte del circo mundano. Sebastián de Morra, María Bárbola, “El niño de Vallecas” o las monstruas de Carreño de Miranda fueron tan sólo algunos de los marginados que hicieron de su diferencia una Corte milagrosa que, hermosa, se diferenciaba de la fealdad interior que afloraba en los atormentados por complejos, por la pérdida del poder, véase en el Saturno de Goya o en los saciados de pecados capitales, como los glotones monjes del Capricho número 13, “Están calientes”.

EL MAESTRO ERNST
“(El collage) es la explotación sistemática de la coincidencia casual, o artificialmente provocada, de dos o más realidades de diferente naturaleza sobre un plano en apariencia inapropiado (…) y el chispazo de la poesía, que salta al producirse el acercamiento de esas realidades”. No hay mejor definición que la de Max Ernst para dar cuenta de qué significa trabajar con este tipo de yuxtaposiciones, aprovechadas claramente por Escalé. Afirma el escritor Robert Juan Cantavella que, en la trayectoria del artista catalán, “la poesía del equivoco que antes se imponía a través de un uso descarado y juguetón del “collage”, poco a poco va dejando paso a un interés por una rara belleza. El “collage” se convierta en transparencias sin discurso”. La madurez da paso a unos retratos a través de los que se pueden explicar todas las cosas del Universo, como afirma Escalé, y la sangre fría que, amén de dar título a la exposición, corre por las venas de estos seres que podrían ser de otros mundos, como aquellos que en su última época imaginó Maruja Mallo, nos sucede como con el morbo, que nos obliga mirar ciertas escenas que recordaremos siempre espantados. Del mismo modo que hiciera Sindy Sherman, los estereotipos que suelen girar alrededor de las mujeres se revuelven desnudos en unos cuadros fríos y sexuales. Si la fotografía, irónica y grotesca en ocasiones, maneja con soltura los iconos de la publicidad y cliché femenino autoimpuesto socialmente, Escalé revela a sus mujeres libres y salvajes, como demuestra su “Eva’s ready for lunch” o su “Eva” escultórica que autosatisface su sexo mostrándonos una mandíbula por vagina. Por mucho que algunas obras repelan, ese golpe en estómago marca una nueva forma de revelar nuestra humanidad: la “Escalada sin anestesia” de Gina Pane, donde la artista subía por una escalera llena de clavos, surgía como una protesta contra la Guerra de Vietnam; las performances de cirugías estéticas de Orlan transforman su cuerpo en un discurso político, y Joel-Peter Witkin nos sigue sirviendo el horror de ese universo marginal y cadavérico del que somos presa de cada día. La belleza tiene muchos trajes y todos los aquí mencionados, y mucho más, forman parte de esos nuevos modos de revelarla como un sentimiento que jamás debió de ser encorsetado en unos simples estereotipos.

Por Pilar Manzanares

 raiescale.info

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