La regla crítica | Biolencia

Imagen: Carlos Penas

No te puedes fiar de quienes ponen nombres a los dedos de las manos y ni siquiera se molestan en bautizar los de los pies, rumió el lunático Jeremy cuando desplegó la escalera del módulo sobre la superficie terrestre, mascullando. No plantó semillas de banderas ni placas conmemorativas. No predicó frases lapidarias que pretendiesen la glorificación ridícula de su propio acto. No. Al momento supo que había dado un minúsculo paso por tratarse de un extraterrestre y permaneció erguido en la depresión que existía entre dos vertientes, durante horas y sin deprimirse. Los electrodos ventosa de sus extremidades inferiores establecieron una conexión inmediata con los óxidos de la tierra que le hizo reparar en los límites rojos de la desconfianza. Comprendió entonces que era porque se dedican más a sustraer que a sentir los latidos del planeta y, con la serenidad que aporta el conocimiento, volvió a masticar desde las cavidades últimas de su estómago. Su agresividad proviene de una fuente natural y descontaminada, apuntaló en su intercomunicador. No hay restos pesticidas ni rastros de fertilizantes. No hay modificación genética alguna pero aún no puedo confirmar si son propios de la especie original. Son codiciosos e insaciables. Es posible que sus felices años veinte dejaran de ser un punto de inflexión y malviven inmersos en una demagogia masónica que pretende esconder su voracidad ilimitada dentro de su propia logia. Se autocomplacen en la búsqueda de capacidades superiores a ellos, en el desarrollo de fuerzas sobrehumanas, en el deseo de la perfección anatómica, en la obtención de armaduras y máscaras, de capas y antifaces, en la fantasía de mutantes, zombis y seres mitológicos, en la sofistificación de las armas, en puños de hierro y seres extrapeludos, anillos mágicos, superpoderes, fardapollas fluorescentes y tapacoños de colores llamativos. Son como una manada tarantina con una descomunal voluntad de causar daño. Piensan que son la única vida inteligente y que sólo sabemos decir bip, sueñan con cocodrilos gigantes, edificios en llamas, botoncitos, saltos imposibles, teletransportadores, dragones, hipergorilas, megademonios y macroserpientes, misiles bonitos y destrucción masiva. Tengo razones para pensar que ahora están dedicados al desarrollo de una katana de doce mil setecientos cuarenta y dos kilómetros de longitud porque piensan que partir la tierra en dos mitades les ayudaría a pulir la piedra bruta. Jeremy se sentó entre silicatos buscando oxígeno para la coherencia y se sirvió vino en un cuenco para comerlo a sorbos con una cuchara de cristal, por ser caldo. Con voz radiofónica sentenció que posiblemente eran estúpidos y biolentos. Otrosí emitió risas desoladas que fueron amplificadas en la inmensidad del universo a una potencia de energía equivalente a un billón de toneladas de trinitrotolueno, sin interferencias significativas.

Texto y Fotografía: Carlos Penas 

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