La regla crítica | PUM PUM PUM

© Carlos Penas

No sé a qué niño se le habrá caído aquella bolita de plastilina verde en Snob Hill. El caso es que empezó a rodar desapercibida por las calles empinadas de San Francisco el mismo día que se fundaba la Organización de las Naciones Unidas. Descendía por los suelos sin ascender a los cielos y haciendo slalom con las alcantarillas, adelantaba a las cebras en sus pasos y alcanzaba velocidades interestelares gracias a los raíles de aquellos tranvías. Jamás se había abierto una investigación y los lobbies llenaban estadios para cantar al unísono The Show Must Go On mientras les jaleaban los lobos y las lobas. Rodando sobre sí misma adhería microscópicos pelos ocultos, salpicaduras de sangres homicidas, fragmentos de asfalto, colillas, anillas de latas y bacterias de las ratas, siluetas de chicles y lágrimas fosilizadas, preservativos sin paliativos y compresas impresas. Los esputos y las esputas facilitaban la consolidación y al llegar a la costa el diámetro era ya de cuarenta y dos metros aproximadamente. El momento de inercia le permitía girar sobre sí misma por el fondo pacífico, pegándose crustáceos para adquirir más consistencia, alternándolos con capas de algas y colándose entre los naufragios de los buques de guerra, absorviendo las fosas comunes para ganar masa, devorando multitud de cajas negras, cogiendo las alas de los aviones derribados para poder volar y engullir el mar a media altura. Su propio volumen le permitía ingerir los tiburones, ballenas y los tiburones ballena, los pulpos gigantes y los calamares colosales. Las medusas melena de león le aportaban la viscosidad necesaria para aglutinarse y ligarse de manera perenne. Haciendo eses entre los bosques vietnamitas y con un radio de cincuenta y tres kilómetros, desaparecían los ciervos, los tigres y las panteras, los Nón Lás y los cascos, los cañones, los helicópteros y los camiones, los pinos y los bambúes. Se bebía los manglares sin pajita ni rulo y atravesaba países tragándolos sin necesidad de regurgitarlos. Ni Everest, ni pirámides ni hostias. Ni cordilleras, ni fiordos ni pollas. Ni mares, ni ríos ni caos sin lagos. Sólo subsiste la voluntad de declarar el Día Internacional de la Plastilina para conmemorar el día en que decidimos menguar la luna en cuarto creciente, para rendir culto a la oscuridad negra y eterna, para que el espectáculo continúe, para interesarnos sólo por saber quién era aquel niño y poderle llamar Dios, para fundar una religión y celebrarlo a ritmo de un festivo 35 de diciembre, pum pum pum, 35 de diciembre, pum pum pum, un niñito muy bonito ha nacido en un portal.

Texto y Fotografía: Carlos Penas

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