Ralph Eugene Meatyard | El fotógrafo de lo extraño

Ralph Eugene Meatyard, ese gran olvidado por estos lares, aunque me consta que es muy valorado por algunos fotógrafos, entre ellos Jesús León (www.xatakafoto.com). Situado dentro de una fotografía, podríamos decir con personalidad propia gracias a su mundo compuesto de extrañezas, su obra nos atrae por esa manifestación de una realidad inventada, de monstruos, caretas y veladuras propias del cine de terror más experimental, pero al mismo tiempo cargados de un gran poso poético y reflexivo.
Repulsivos desde una posición antinatural, pero emotivos y compasivos a su vez, sus personajes nos hablan bajito. Pasan al mundo de la fantasía gracias a la fotografía que hace que ignoremos que detrás de esas máscaras se esconden las personas del entorno de Eugene Meatyard. Su libro, que fue publicado tras su prematura muerte, The Family Album of Lucybelle Crater recoge el grueso de un trabajo fascinante.

 

Working Title/Artist: Occasion for Diriment
Department: Photographs
Culture/Period/Location:
HB/TOA Date Code:
Working Date: 1962
MMA digital photo: DP109641

Experimental (curioso como siempre etiquetamos con esta palabra algo que viene grabado en el ADN de la fotografía desde sus comienzos), no tenía miedo a utilizar exposiciones múltiples o imágenes fuera de foco. Tampoco su patrón de conducta nos habla de una persona que proyectase sus miedos. Tenía una vida normal como padre de familia y en sus ratos libres se llevaba a sus hijos a lugares inhóspitos donde creaba esas historias que tanto atrajeron a la crítica y que han influido en la fotografía contemporánea.
Mi padre encontraba la localización en primer lugar, después buscaba una luz en particular en ese espacio y comenzaba componiendo las escenas con la cámara para después colocar a los sujetos según sus indicaciones.

Según sus palabras nunca respondía a composiciones banales, sino que detrás de esas fotografías había “un fondo zen”. Desde nuestro punto de vista son absolutamente perturbadoras, porque atentan contra nuestros miedos, contra la sociedad que desconocemos, contra todo lo que se sale de nuestro estado de confort natural, de la belleza que tanto buscamos.
Por su extrañeza, en youtube hay colgados varios vídeos que muestran su trabajo fotográfico, incluso hay piezas en las cuales se han inspirado por medio de elementos que nos recuerdan a su universo tan peculiar. Ralph Eugene Meatyard, que trabajaba como óptico pero que pudo exponer junto a grandes como Ansel Adams o Robert Frank así como publicó en revistas de arte y expuso en museos de referencia, se hace indispensable en la historia de la fotografía, reconociéndole una manera inusual de creación que provoca a quienes la contemplan. (Por Gemalamirada)

Ralph Eugene Meatyard: All The World’s A Stage

The critic Roland Barthes once wrote that “photography touches art not through painting but through theater,” reminding us that before Daguerre presented his silver-coated plates to the French Academy of Sciences, he was known as a proprietor of a Diorama theater, a popular Parisian spectacle of lights and painterly backdrops. The dramatic stage is implicit in the camera’s frame. Its shutter curtain lifts to immobilize the human face into a mask, the gesture into a pantomime.Barthes’ words are useful to keep in mind when looking at the work of Ralph Eugene Meatyard. Few twentieth century photographers have explored the elusive connections between the photographic image and theatre with such haunting poignancy.
Meatyard was born in Normal, Illinois and lived in Lexington, Kentucky where he plied his trade as a full-time optician. In 1950, he bought a camera to photograph his newborn son. A self-taught photographer, Meatyard would continue to call himself a “dedicated amateur”, even after his photographs were exhibited alongside those of Ansel Adams and Edward Weston.
By the time of his death, in 1972, Meatyard would produce a vast body of work, thousands of extraordinary images, from Zen-inspiring abstractions to his surreal take on the Southern Gothic.


Working six days a week, Meatyard took pictures on Sundays. While the rest of Kentucky attended church, the Meatyards his wife, Madelyn, two boys, Michael and Christopher, and little Melissa packed into the family car and drove all around the state in search of abandoned houses and creepy stretches of forest where they could perform their illusions. They brought with them a miscellany of props: dolls, masks, dead birds, even rubber chickens.
Meatyard staged the photographs like primitive theatrical rituals. The family scouted for a setting. The father composed the scene through the viewfinder and then positioned his subjects, telling them how to stand and where to look.
The children stooped in tall grasses in empty front yards, leaned against broken doorways in clean, white T-shirts as they faced the lens looking forlorn, cowering, casting glances at derelict corners of domestic ruins their hands juxtaposed against weathered planks of wood. They peered from the crosses of window sashes. They sat on empty porches, crouched and closed their eyes among shafts of sunlight. They became blurs. They morphed into silhouettes while black paint smears on the walls hung over them like the Grim Reaper (by Lev Feigin)

 

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