Como el tiempo perdido | Cromosoma X

Mi amigo Abel siempre lo dice. Es injusto que el deseo de ser madre se le adjudique solamente a la mujer. Como si los hombres carecieran de este instinto o del deseo paternal. Abel quería ser papá. Me lo decía a cada tanto. En las sobremesas en las que se sentía cómodo para hablar. Entonces sacaba todo para fuera, sus victorias y sus frustraciones, hasta sus miserias más inconfesables. Esto es lo que más me gusta de él, su capacidad de acercamiento, su valentía. Solía contarme la cuesta arriba que se le hace volver a conocer a alguien, a esa mujer. Aquella que llegue a tocar con él lo intocable. -Quiero formar una familia. Sentencia. Criar a un niño, a un bebé y más tarde a un mocoso salvaje. Yo, bien establecida con mi pareja y mi hija, ahora no imagino otra forma de vida. Él, no lo sabe, y anhela todo esto, sin percatarse del cambio que su vida sufriría con la llegada de un ángel con llamas en los patucos y antifaz de fieltro. Y sé que Abel sería un excelente padre, un ejemplo para el pequeño o la pequeña, con sus excentricidades y su entusiasmo descomunal por la vida. Al menos, buena música le pondría al niño, desde los clásicos hasta el más ensordecedor minimalismo. Y fotos tampoco le iban a faltar, inmortalizando así cada pestañeo de sus ojos, cada uno de sus mechones al viento. Y ese amor que se pierde, ese que cuando nos vamos a dormir muere si no se da, sería aprovechado hasta la última gota. Abel es un tío sufridor, pero divertidísimo a la vez. De esos que apechugan con lo que venga, hasta saciar el día. Pero esta tecla, por lo que sea no suena en su piano. Y su luz se apaga con facilidad. Será el desgaste del ensayo y del error continuo. Lo sé porque le conozco. Porque sé lo mucho que disfrutaría peinando y despeinando a su hijo. Poniéndole los zapatos y quitándole los calcetines para correr descalzo. Puntual a la salida del colegio para recogerle con algún trasto viejo con el que jugar. Enseñándole a escribir su nombre al revés, y a pintar caballos alados de seis patas. A montar en bicicleta y trepar por las rocas unidos por una cuerda. Y al acabar el día, juntos leer un cuento mientras poco a poco sus párpados se van cerrando. Sobre todo, sé que a Abel le encantaría compartir todo esto con ella, la mujer que aún no conoce pero que está de camino. Lo presiento. Mientras, él sigue soñando, divagando. Imagina y diseña una vida inexistente. Colmada de arte, de pequeños tesoros y de grandes confidentes. De una naturaleza salvaje. Mirando de reojo y con recelo como los otros padres batallean con sus pequeños vástagos y regresan juntos a sus hogares. ¿Pero por qué no puede un hombre desear todo esto? ¿Acaso es de débiles o es de sabios? Las cosas que no se dicen por miedo a encoger como el increíble hombre menguante que desapareció en la más infinita inmensidad por decir lo que pensaba. Hastiado de tanta fábula, de tanto ridículo apuesto príncipe azul y de tanta bruja con pinta de hada. Sí, este es Abel, un papá sin cuento y con mucha barba, con tácitos anhelos y hermosos desvelos. Un Gepetto del siglo 21. Que con la imaginación dibuja la cara de un niño, con las manos esculpe un cuerpo y con el corazón enciende su alma.
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