La regla crítica | Dale

Si tuviera que escoger una fruta, me quedaría con tu uva sin pepita. Para hablarte en el lenguaje de los peces y para no ponerle límites a la creatividad literaria. El acto reflejo del deseo adolescente nos habría llevado directamente a tumbarnos sobre un colchón de palomitas entre dos hileras de butacas y, si no hubiera sido por la reprobación inmediata del acomodador, los besos y las caricias habrían sido el intervalo constante de una película sin fin. La pantalla blanca se habría convertido en una sábana premonitoria que asesinaría la sensación de frío. Tus pezones se habrían endurecido al instante y concentrarían en sí mismos el perturbador sentimiento de que uno encuentra en un segundo lo que busca a lo largo de toda una vida, sin perseguirlo ni conseguirlo. Yo me habría desplazado con mi lengua de largo recorrido a lo largo de los montes de tu mapa para perderme entre las líneas de esas ingles que delimitaban perfectamente la bañera donde yo me introduciría sin dudarlo, alicatándola, a cámara lenta y llenándola de agua gracias a la humedad natural de tu flujo continuo. Te habría buceado sin importarme las manchas sobre los edredones recién estrenados, ni las lavadoras pendientes, ni los termómetros del invierno. No importarían las arrugas de los vestidos, ni la ausencia de los mentoles, ni los giros imposibles de los canelones, ni el sabor de los bombones ni la ausencia de los condones. No importarían los disparos ni las guerras mudas, ni las conquistas ni las reconquistas, ni los reyes ni las leyes, ni las bombas ni las sombras, ni los tejidos de seda ni las monedas, ni las joyas ni las pollas en vinagre. Yo te habría completado con sales de baño para ablandar tus labios, para mejorar mi circulación por tu aparato circulatorio, para abrirte los poros y las piernas, para ahogarme a medio camino entre el lujo y el placer. Pero las luces inoportunas de una sala solitaria amanecen el momento en que te empiezo a tocar y me entrego entre las velas que iluminan mi cuarto de baño, mientras me ducho, mientras me llueve en la nuca, mientras hago espuma con la esponja marina de los deseos, mientras me tiemblan las piernas, mientras hago malabarismos con la mano izquierda para llegar a dónde tendría que haber llegado en la sala de un cine, entre espasmos, gemidos y vueltas de tuerca que me llevan directamente por el desagüe destaponado de tu vida y la mía.

Texto y Fotografía: Carlos Penas

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