La regla crítica | Tres tristes trees

No me aterroriza pensar que algún día se puedan hacer palillos con las espinas de los puercoespines, farfulló René mientras jugaba al mikado con sus instrumentos de cocina, por no despertar a los gatos. No sentiría miedo en ninguna de sus intensidades. Si se van los hurones de patas negras y se quedan los cabrones de piernas translúcidas. Si se van los rinocerontes y se quedan los ignorantes mitos del amor. Si se van los elefantes y se quedan los reinantes con los condones de marfil bien embutidos. Si se van los zorros y se quedan las zorras abrigadas. Si se van los metales y se quedan lo retales de las monedas. Si lo jodemos todo gracias al instinto básico de la causalidad humana. René secaba los tenedores con paños elaborados con algodón orgánico, sin necesidad de certificarlo, y pensó en la posibilidad de anular el pensamiento aunque fuera durante una milésima de segundo. Si así fuera, podría afirmar que a veces pensamos, luego a veces existimos. Sería una forma furtiva de asesinar a Descartes, a bocajarro, sin miras telescópicas y de manera casual. Volvió a pensar. Clasificaba los cuchillos según fuese su punta redondeada o afilada, según fuese su hoja lisa o aserrada, según fuera su forma y según fuese su tamaño, sabiendo que la finalidad de cualquiera de ellos es cortar, sin piedad y con la posibilidad de actuar según nuestro libre albedrío, sin reparos, decidiendo el destino e inclinándonos siempre por el de cocinero para acabar con el nuestro, puntiagudo en extremo para pinchar y perforar, de hoja grande y con el filo bien afilado para laminarnos, trocearnos y filetearnos. En el santuario de su casa, el silencio era relativo y la frialdad de los vasos absoluta mientras guardaba las cucharas en una bandeja de madera, introduciéndolas como cucarachas en su féretro correspondiente, sin acolchados de ningún tipo y sin tapizados de napa o satén, con las cabezas alienadas, con los pies juntos y bien alineados. Al cerrar la sepultura cajonera y proceder a la inhumación de los cubiertos, René sintió un respeto subterráneo por los cadáveres y confort por la seguridad de que resucitarían a la hora de la cena. Se despidió sin necesidad de santiguarse y la quietud le recordó la necesidad de ver el mar, para cortar hilos, para encontrar el equilibrio, para columpiarse con esa sensación de vértigo y felicidad que lo puede todo, para encender tres bengalas por los tigres muertos sin responso alguno. Echaba de menos los árboles.

Texto & Foto: Carlos Penas

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