Como el tiempo perdido | Frenetismo

Recuerdo aquel inmenso café de la Gran Vía. El Verso se llamaba. Enfrente de los cines Fantasía. Bajo las oficinas de los seguros Imperio. Un café con historia y frío como pocos. No importaba la estación del año que fuera, una corriente gélida te daba la bienvenida. Y allí sigue, viendo la cartelera cambiar. Con sus humeantes tazas de café y sus tertulianos futbolísticos más que literarios. Solía ir con frecuencia después de comprar la prensa a tomar un vino. Y no puedo olvidarme de aquel tipo raro con borsalino. Aunque no tan raro. Era un escritor y columnista al que yo seguía. Viral por sus sarcasmos y querido por su poesía. Recuerdo un libro suyo que alguna vez regalé. Se titulaba “Como el tiempo perdido”. Un librito muy corto acerca de cómo perder el tiempo soñando. Aún puedo verle. Alto, pelo largo, con aspecto descuidado pero todo en su sitio. Botas, camisa blanca, gabardina y un sombrero italiano que le diferenciaba. Se sentaba al fondo del salón, de espaldas al resto. Y escribía entre cafés y cervezas, muchas cervezas. Se detenía como haciendo una pausa, incorporándose para mirar aquel cuadro torcido en la pared, a tres metros escasos suyos. Algo recíproco le estimulaba. Creo que era una figura humana o un bodegón, no recuerdo bien.
A día de hoy, siempre que paso por delante del café, me detengo y miro a través de la luna para ver si ha vuelto y pide otra cerveza. Pero no, hace tiempo que no le veo ni le leo. Desapareció. Y es que reconozco que observar a este personaje me relajaba, y en cierta forma me atraía. Verle allí sentado, de espaldas y sin rostro. Con una condición perpetua, la soledad. Me pregunto si era una soledad elegida o la soledad le había elegido a él. Si tenía alguien que le esperase en casa o por el contrario él era su única esperanza. Quizás fuera un misántropo practicante, o por el contrario escribir le conectaba con el mundo. Y de esta manera osada poder llegar a los sitios más recónditos, allí donde alguien disfrutara de la lectura. No lo sé. Todos somos un misterio. Siempre le vi radicalmente solo. Trabajando en medio del gentío, como haciendo una labor social, un deber impuesto por sí mismo. Inventando otras realidades y despellejando al mundo. En medio de este “frenetismo”, de esta guerra amable, de este futuro que nos vuelve locos por llegar a la meta los primeros. Llegar rápido, llegar guapos y llegar ricos. Cuando la meta de este tipo raro con borsalino no era más que observar aquel cuadro torcido en la pared.
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