La regla crítica | SEBDCCOQDPUÁNMN

Al ceder a la tentación de la serpiente, Steve Jobs mordió la deliciosa fruta prohibida de los Beatles y creó la manzana podrida de Apple Inc., pensó Adán mientras pintaba poesía. En la ventana de enfrente y en un sillón orejero tapizado con piel, los jugos gástricos de sus propias entrañas se fundían con las secreciones etílicas de Eva, sentada en un escorzo imposible, apoyando las extremidades inferiores donde podía y las superiores donde debía. Adán se incorporó al instante y se acercó al máximo para dejar una marca húmeda en el cristal, los labios, y una atrevida superficie empañada, la nariz.

Un día, leyendo sobre héroes y tumbas, Ernesto me dijo que cuando uno es chico espera la gran felicidad, alguna felicidad enorme y absoluta.

Eva permanecía inmóvil y parecía prestar mucha atención a las palabras solitarias de Adán.

A la espera de ese fenómeno se dejan pasar o no se aprecian las pequeñas felicidades, las únicas que existen, continuó.

Ella cambió de postura lo justo y necesario para despertar sólo a una de sus piernas, pero lo hizo de tal manera que Adán lo interpretó como un sigue hablándome que yo te escucho.

Imagínese un mendigo que desdeña limosnas por el camino porque le han dado el dato de un formidable tesoro, un tesoro inexistente.

A Eva se le desplomó entonces la cabeza hacia adelante como síntoma inequívoco de que se había adentrado en una fase de gran profundidad de su sueño. La verdad es que desde fuera parecía afirmar, decir que sí, que tiene usted toda la razón. Adán incrustó entonces su último poema en la ventana, con su vaho personal y la humedad condensada, para que Eva pudiese verlo y tal vez leerlo. Infinito, como yo te hablo, como yo te miro, como yo te bebo, como yo te siento, como yo te deseo, mi, tú y nadie. Le animaba la esperanza de que el otoño pegase saltos entre el sol incendiado del verano y soñaba con el dulce despertar de su vecina, para curar las heridas sangrientas de la manzana y para evitar que El Jardín del Edén se fuese a tomar por el culo de manera definitiva, aunque Siempre Existirán Bultos De Carne Con Ojos Que Deberían Plantar Un Árbol Nada Más Nacer, para asegurar el hogar de una soga futura, para que la quietud hinche el sordo rumor del viento y para que percibamos en la orquestación de ese silencio la gorda mezcolanza de gemidos con que aúllan nuestras vidas, sintiéndola y alargando los minutos para escapar del santiamén de un amén.

Texto y Fotografía: Carlos Penas