La regla crítica | Pollaroid

En la atmósfera flota un humo que parece inmortal y dibuja formas de aura, con una luminosidad azulada. Hay cúmulos de un gris que vaticina lluvias, los cristales originan un viento que mueve los ventanales y mi respiración provoca remolinos mientras desprendo un sudor con olor a incienso que asciende hasta el techo, en forma de vapor de agua: La estancia tiene su propia troposfera. Permanezco inmóvil intentando parar el tiempo pero no lo consigo. Lo sé por el cigarrillo que se consume entre mis dedos. Sólo me engaño a mí mismo quitándole las pilas al reloj. Ni la muerte consigue detenerlo. Ni Dios. Sobrevive a base de recordarme que el segundo que vivo es inmediatamente posterior al que viví y anterior al que tendré que vivir. La verdad es que nunca fui partidario de callarme durante el minuto de silencio que se dedica a las víctimas porque prefiero gritar con todas mis fuerzas, como lo hacen las salvas. Debe ser porque no quiero aliviarme al amparo de tanta plañidera cínica y porque me resulta obsceno ver a Sabina colgado en Calle Melancolía e imaginarme a Bowie dilapidando fortunas en lentillas de colores retro-fashion-vintage & megacoolandthegunespitosoespialidoso, mientras yo escribo en braille y con el alma muda. Siento la necesidad obsequiarles con mi polla emulsionada y positivada en setenta segundos mientras contemplo el horizonte, porque prefiero su línea al encefalograma plano de los mediocres, la sinfonía de las olas al rugido de los atentados, el color de las algas y el verde musgo al marrón de los sacos para cadáveres y el blanco tiza de las siluetas asesinadas sin género, el susurro del aire al sonido cortante de los cuchillos y el sabor salado del mar a la insipidez de la hambruna. Sin pretenderlo, tiro el cenicero y se precipita lanzando chispas eléctricas con una intensidad que parecen rayos y sonando como un trueno al impactar contra el suelo. Yo me sobrecojo ante mi fantasía meteorológica y suelto un par de joderes, varios hostias y algunos me cagos en la puta por culpa de la catástrofe. Es entonces cuando Mini y Mickey sufren un espectacular proceso de animación al reproducir fotográficamente cada una de las fases dinámicas sucesivas creadas por el movimiento de sus tetas. Lucinda rebosa inocencia gracias a su pijama de motivos infantiles y me pongo Pluto en décimas de segundo. Sé que me quedé dormido en posición fetal sobre la mesa, emitiendo ronquidos inocentes y seguro que macerando mis babas en película instantánea, con alta saturación del color y los ajustes automatizados. Sin saber qué hora era.

Texto y Fotografía: Carlos Penas

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