La regla crítica | Barrancos de cristal

Nadando sentí la necesidad de bucear en búsqueda del primer principio del mundo, para hacerle un electro y tomarle el pulso. Descendí por barrancos de plásticos y residuos, silenciosamente y con una caída discreta hasta desaparecer, desplazándome en horizontal al ras de las posidonias putrefactas que lo invadían todo. Era estremecedor comprobar que convivían en un paisaje esperpéntico grandes cantidades de alquitrán y aceite de motor con multitud de sumarios archivados por la humedad, jeringuillas, condones y tampones con infinidad de facturas falsas apoltronadas entre ataúdes de coral, anémonas anémicas y centollas tetrapléjicas con corruptos uniformados con escafandras de Tommy Hilfiger jugando al póker sobre peces manta sacrificados a modo de tapete, anzuelos oxidados y ojos de cristal con pseudo dictadores que se masturbaban delante de tiburones desdentados. El agua era de un color turbio y sucio que mantenía en suspensión millones de partículas y células infectadas. Yo sabía que me movía entre aguas gangrenadas y comprendí al momento que el ser humano había convertido en virtudes los Siete Pecados Capitales. La Lujuria personificada por el turismo sexual, la Gula por filetes de Flipper con foie de foca salteados con pistachos liofilizados, la Avaricia por los trajes de tendencia hámster y los Audis blindados, la Pereza por los bostezos de las fiscalías, la Envidia por el yo tengo más que tú y además prefiero que tú no tengas nada, la Soberbia por la hinchazón humana y la Ira por el zumbido de las guerras gratuitas. Por un instante, me imaginé a Dios reencarnado en la figura de Sergio Leone como el auténtico revelador del maldito misterio de la Santísima Trinidad: Por Un puñado De Dólares, La Muerte Tenía Un Precio y El Bueno, El Feo y El Malo. Apreté la nariz y expulsé aire por ella para compensar la pena y mitigar el pitido de oídos. Las condiciones de oscuridad, la escasa visibilidad y el destierro, me impedían la posibilidad de comunicarme con nadie que no fuera yo mismo y solté un “vaya puta mierda” con tono potente y de burbuja por culpa del medio acuático. Nuestro hábitat se había convertido en un revólver que disparaba a la conciencia con balas de calibre 357, penetrándola de manera certera. Entonces decidí respirar lentamente y me fui sin hacer paradas de seguridad cada cinco minutos. En la superficie pensé en Tales de Mileto cuando argumentaba que el agua era el origen y esencia de todas las cosas y me dejé llevar por el pragmatismo del Legado de un padre en Chiapas, de Luis Gago: No jodas la marrana. Llévalo con calma. Cuenta hasta diez y quita el seguro. Apunta a la sien.

Texto y Fotografía: Carlos Penas

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