Como el tiempo perdido | ¡Despierta!

Llevo tiempo preocupado por mi dueño. Nunca descansa. Siempre de aquí para allá, abstraído. Y eso cuando nos vemos, porque la mayoría del tiempo lo pasa trabajando. Y yo le espero, mirando por la ventana, dando vueltas por la casa, dormitando. Él lo es todo para mí, mi mundo, mi amigo. Mis posesiones más preciadas se reducen a un roído hueso de goma y una vieja manta de cuadros caliente y peluda. Y soy feliz, no lo niego, aunque confieso que no entiendo nada. Tiene un aparato que siempre va consigo. Es una cajita con una pantalla que se enciende y se apaga. No se despega de esa cosa ni para ir al baño. La toca y la mira como hipnotizado. Y yo detrás, haciéndome pis, moviendo la cola, esperando a que me saque de una vez. Ya en el parque, me reencuentro con mis colegas, y alguno nuevo que llega tirando de su dueño, también abducido por esa caja con luz. Mientras, nosotros nos ladramos, nos insultamos, nos olemos el culo y destrozamos la última pelota de goma que alguien ha traído. Ellos, ni se saludan, ni se huelen, ni se insultan por no levantar la mirada de sus pantallas. Algo así como almas en pena dentro un pipican. Lira, una perra cocker con mucho genio, tiene una dueña con unos ojos verdes enormes que el mío nunca llegará a ver por estar siempre ensimismado con esa cosa.
¿Y qué ha pasado? ¿Qué fue de mi dueño? Añoro los largos paseos en la nieve, correr juntos por la playa, nuestras interminables siestas en este sofá de pana, y compartir un platazo de arroz con tomate hasta relamernos de gusto. Sus risas, sus bromas, y los diferentes apodos por los que me solía llamar; Gufi, Tropy, Perrote o Cacharro. Ahora tiene una novia, es muy linda y cariñosa. Pero mi dueño, cuanto más tiene más triste lo siento. Sí, él, mi dueño, mi amo, el animal de mi amo. ¡Despierta de una vez! Al acabar el día, y cuando por fin se sienta en el sofá de pana, me acerco y apoyo mi morro sobre su regazo. Le miro sin moverme, y me pone su mano en la cabeza. Entonces sé, que a pesar de este mundo de chiflados, nos tenemos. Y me dice con su mirada tierna y gastada que también me quiere y que me pide perdón por haber sido malo, y no atenderme como merezco. Yo le chupo la mano, bañándola en saliva con mi áspera lengua repleta de besos. Texto e ilustración: Roberson
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