La regla crítica | Lámparas

Al introducirme en el coche patrulla, a base de golpes desmedidos y cobardes, supe que el aceite de oliva virgen había perdido su himen: me desvalijaron hasta el último de mis derechos de una manera que sólo provocan el hábito y la costumbre. En esos momentos, si hubiera podido pedir un deseo al genio de la lámpara, le suplicaría estar preso en una de esas celdas que están prohibidas para los políticos, con un camastro vigilado por una bacinilla de porcelana blanca y borde azul, con una mesita de noche legítima para el día y con un calendario de Taxi Driver. Sin entrometerme lo más mínimo en las conversaciones que proporciona el desierto y ahora que soy medianamente libre, escribo desarmado y con la sensación de medir ciento ochenta centímetros como mínimo. No creo que sea ésta una hábil artimaña para esconder mi normal estatura. Me llega con saber que no llego al metro setenta para decir que mido metro sesenta y nueve, sin importarme si es verdad o no. Lo hago por razones de belleza numérica y consciente de que la importancia de un centímetro más o menos en cuestiones de envergadura corporal no es directamente proporcional a las dimensiones de nuestra polla. Yo sentía cómo las lágrimas se mudaban en mocos pegados a los barrotes de hierro amarillo, se deslizaban en misterioso zigzag y se convertían en charcos coagulados por el frío de una soledad injusta, impuesta y pestilente gracias a la orina de uno mismo. La verdad es que no respetaron ni uno de mis derechos, se pasaron por el culo la prohibición de torturar a un ciudadano bajo ningún concepto, me obligaron a declarar en mi contra, me trataron de manera ofensiva y abusaron de su investidura de servidores públicos. Aquél día, por culpa de una evidente exaltación etílica, me había transformado en una mangosta para homenajear a un pequeño y simpático mamífero, capaz de enfrentarse con éxito a esas cobras venenosas de aspecto desafiante y picadura mortal, inmune a su veneno y superior a ellas en velocidad de ataque. Fue por eso que me abalancé esposado sobre aquel policía que movía provocativamente su lengua bífida. No resulta fácil ser digno pero emociona y pone los puntos de la cordura sobre las íes de la locura de una manera ceremoniosa. Será que estimula más el G20 que el punto G y que excita más un puto billete que una santa felación, perdiendo nuestra inocencia a la luz de una lámpara.

Texto y Fotografía: Carlos Penas