Hablar mal de los demás

Si por encanto del hechizo de algún mago del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería todos quedáramos mudos al intentar hablar mal de alguien, quizás la mitad del planeta quedaría en silencio, o al menos esa es la impresión que tengo al escuchar la cantidad de conversaciones que giran en torno a criticar a alguien o a quejarse de alguien. Uno podría excusarse diciendo que todo el mundo lo hace; o que en realidad la gente de la que uno habla mal merece eso y más. No estoy de acuerdo. La vida me ha dado dos estupendos ejemplos de personas reales a quienes nunca he escuchado hablar mal de los demás: mi padre y mi maestra de filosofía. En el caso de mi padre, ni aún en las peores circunstancias – cuando genuinamente se había sentido agraviado por otros – ha caído en este vicio. Supongo que se lo debe a su noble corazón y a mi abuela, a quien tampoco nunca escuché decir siquiera una mala palabra. En el caso de mi maestra, quien también sufrió injusticias terribles y ataques, tampoco le he escuchado sino palabras cargadas de bondad, de belleza, de elegancia y sabiduría… Quizás además de una buena crianza, se deba a que genuinamente procura vivir las enseñanzas de los grandes sabios.

O sea, sí es posible que uno se abstenga de hablar mal de los demás.
En todas las tradiciones, hablar mal de los demás es visto como un vicio del cual hay que cuidarse: no sólo hace un daño terrible a los demás, sino a nosotros mismos, y hace que el mundo sea un peor lugar para vivir.

Un precepto budista dice “No condenes a ningún hombre en su ausencia; y cuando te veas forzado a censurarlo, hazlo frente a su cara, pero suavemente y con palabras llenas de caridad y compasión. Ya que el corazón humano es como la planta – Kusûli; que abre su cáliz al suave rocío de la mañana, y lo cierra ante un fuerte aguacero”.

A los discípulos de Pitágoras se les colocaba la prueba de guardar silencio durante cinco años, a fin de que aprendiesen a escuchar y reflexionar antes de hablar.

En la tradición transhimaláyica, según explica Mabel Collins en su libro “Luz en el Sendero”, se indica que “Antes de que la voz pueda hablar en presencia de los Maestros, debe haber perdido la posibilidad de herir”.

La Biblia cristiana está llena de consejos y advertencias sobre el poder de la palabra:
SALMO 101:5
“Al que solapadamente infama a su prójimo, yo lo destruiré”
MATEO 7:1-3
“No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, seréis medido. ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?”

Confucio enseña que “Cuando veas a un hombre bueno, trata de imitarlo; cuando veas a un hombre malo, indaga en tus propias faltas”; y aún que “un Hombre Superior se acusa a sí mismo, un hombre vulgar acusa a los demás”.

La Sabiduría Tradicional ha advertido siempre lo mismo, pero no por capricho de nadie o por que se vea “más bonito”. Esto tiene un fundamento.

En su libro “A los pies del Maestro”, 1910, el joven Jiddu Krishnamurti señala que este vicio es uno de los mayores males del mundo porque es un pecado contra el Amor, y genera Karma para quien así se maneja. En palabras magistrales, Krishnamurti lo explica de este modo:

Hay tres pecados que causan en el mundo mayores males que todos los demás: maledicencia, crueldad y superstición, porque son pecados contra el amor.

Veamos los efectos de la maledicencia: Principia con el mal pensamiento, y esto en sí mismo es ya un crimen. Porque en todas las personas y en todas las cosas existe el bien y el mal. A cualquiera de éstos podemos prestarle fuerza, pensando en él, y por este medio ayudar o estorbar la evolución; podemos hacer la voluntad del Logos o trabajar en contra de ella.

Si pensáis mal de otro, cometéis tres iniquidades a un tiempo:

1a. Llenáis el ambiente que os rodea de malos pensamientos en vez de buenos, y así aumentáis las tristezas del mundo.

2a. Si en el ser en quien pensáis existe el mal que le atribuís, lo vigorizáis y alimentáis; y así, hacéis peor a vuestro hermano en vez de hacerlo mejor. Pero, si generalmente el mal no existe en él y tan sólo lo habéis imaginado, entonces vuestro maligno pensamiento tienta a vuestro hermano y lo induce a obrar mal, porque, si no es todavía perfecto, podéis convertirlo en aquello que de él habéis pensado.

3a. Nutrís vuestra propia mente de malos en vez de buenos pensamientos, y así impedís vuestro propio desarrollo y os hacéis, a los ojos de quienes pueden ver, un objeto feo y repulsivo, en vez de bello y amable.

No contento con hacerse todo este daño y hacerlo a su víctima, el maldiciente procura con todas sus fuerzas que los demás participen de su crimen. Les expone con vehemencia su chisme, con la esperanza de que lo crean, y entonces los convencidos cooperan con él, enviando malos pensamientos al pobre paciente. Y esto continúa día tras día, y no lo hace sólo una persona, sino miles. ¿Veis ahora cuán bajo, cuán terrible es este pecado? Procurad evitarlo en absoluto. No habléis jamás mal de nadie; negaos a escuchar a quien os hable mal de otro, y decidle, afectuosamente: “Tal vez eso no sea verdad, y, aunque lo fuese, es mejor no hablar de ello”.
Quizás, si todos nos esforzamos en practicar el silencio prudente cuando se trate de criticar a los demás, el mundo empiece a ser un mejor lugar para vivir.
Por mi parte, procuraré colocarle conciencia al desarrollo de esta virtud, y si llego a encontrar a algún estudiante de Hogwarts intentaré convencerle de que nos regale a todos este hechizo.

Por Carlos Chiari

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