Michael Craig Martin | Los juegos cotidianos

Aunque no suele pasar, a veces un artista es capaz de crear una sensación de bienestar. Hablo no tanto de un impacto emocional lírico o estridente, sino de una claridad intelectual concentrada, algo limpiamente sentido y eficazmente comunicado. La obra de Michael Craig-Martin es aguda, comprometida con una dicción sencilla e impulsada por una fina ironía inglesa. Funciona a través de lo que podemos llamar un espíritu de reducción afinada. Frente a sus piezas somos conscientes de un refrenamiento continuo, de un autocontrol que rechaza cualquier toque de bravura o tentación hacia el exceso. Craig-Martin tiene un vocabulario cotidiano, adquirido a través de los años, asentado en una selección de objetos reconocibles, sin pretensiones de ser más de lo que son, y cómodos con su identidad. Recuerdo una frase del poeta Robert Duncan: “lo que mejor define al hombre son las cien palabras que más le importan, conocerlas es conocerse”. En términos emocionales, los objetos de Craig-Martin son fiables en un mundo no sólo no fiable sino infiel, banalmente sujeto a la meliflua destreza de un diseño supuestamente cool y atrozmente yuppie. Craig-Martin no siente ninguna atracción hacia un teléfono que pretende convertirse en custodia o hacia una pantalla de televisión que busca ser un sandwich para gente anoréxica. En su vocabulario las cosas se llaman por su nombre y, si no, no tienen lugar. Son preferentemente funcionales: el espejo, un cinturón, una escalera, una estantería de cristal, un abrelatas. Sus colores sintéticos y agresivos son igualmente reducidos. Pretenden llamar la atención y lo hacen.

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El contexto de la obra de Craig-Martin es el del arte norteamericano de los 60 y 70: es decir, el arte minimal, conceptual, y el pop. Pero ni pertenece ni quiere pertenecer a ninguno de ellos, prefiriendo mantener las manos libres para su propio afán experimental. En esta exposición encontramos una serie de objetos de estos años -algunos emblemáticos como Long Box (1969) y An Oak Tree (1973)- incorporados en una nueva lectura. En su ensayo sobre el artista, el comisario de la muestra, Enrique Juncosa, cita acertadamente a Richard Shone: “la obra de Craig-Martin ha intentado siempre hacer visible, de forma muy directa, casi inocente, las percepciones más sutiles sobre el acto de mirar, lo que significan las apariencias, cómo creamos las imágenes de las cosas y qué nos sugieren éstas”. ¡En efecto! Aquí tenemos el guión para acercarnos a una experiencia sencilla, en el mejor sentido de esta palabra, a través de una imaginación que goza pensando.

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Over the last 30 years Michael Craig-Martin has repurposed the most quotidian of objects for his cool, decidedly impersonal brand of art. Whether it’s his monochrome wall drawings from the 1980s, or the vibrant, garish acrylic works that followed in the mid-1990s, the Dublin-born artist has always looked to the humdrum products of material culture for inspiration. As a result, a never-ending parade of lightbulbs and shoes and cassette tapes have persisted as the mass-produced subjects of his singular work. Perhaps best known for his irreverent palette and for teaching some of the YBAs at Goldsmiths College, London, including Sarah Lucas and Damien Hirst, Craig-Martin seems to draw on minimalism as much as he does pop art.
“When I started drawing these ordinary, everyday objects in the late 1970s, I thought they were pretty stable in the world; I assumed that they would not change over time. When I first drew a lightbulb, I had no idea that it would become a thing of design history,” he is quoted in the exhibition text.

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But what were intended to be neutral representations of things have over time accrued all manner of associations, including aspects of consumerist commentary and entries into design history. “I didn’t want them to look personal,” he explained. “There’s very little information in these works, the information is in the viewer.” What Craig-Martin means is that what we see in his work, the social or cultural connotations attached to the recognisable silhouette of an Adidas trainer or the sleek lines of an iPhone, we project onto what is otherwise exceptionally blank.
“There’s very little information in these works, the information is in the viewer” Michael Craig-Martin
He also stressed that he deliberately settled on a style of drawing that was “styleless,” so to speak, the irony being that his images are almost immediately recognisable. If you persist with anything long enough, he said, it can become interesting. Like Andy Warhol before him, who erased all traces of his own hand with impersonal paintings and prints that scratched the surface of pop culture, Craig-Martin taps into contemporary life, and in Transience in particular, the transition from analogue to digital.

www.michaelcraigmartin.co.uk

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